El carisma Dominicano

 

 

Aportes para el Estudio en las
Comunidades Misioneras Santo Domingo


Participar de la Misión (rural o geográfica) es participar de la Iglesia a través del carisma (don y construcción de una identidad propia) de la Orden de Predicadores. El Grupo Misionero Domingo de Guzmán realiza solamente Misiones enviadas por la Iglesia, desde lo laical y lo dominicano.
Procuraremos por ello recordar el perfil espiritual de nuestro Padre Domingo (1) y luego explorar tanto lo laical (2) como lo dominicano (3) en clave teológica; para finalmente detallar los compromisos que asume una persona cuando pide colaborar con una misión (4).

 


1. Perfil Evangélico de Santo Domingo de Guzmán
Al contacto con la humanidad doliente toda experiencia de Dios pasa a través de una forma de contacto con la humanidad. Domingo ha comprendido suficientemente esta ley de la pedagogía divina y ha hecho de su contacto con la humanidad una fuente inagotable de experiencia cristiana.
Su historia personal, incomprensible sin ese contacto con la humanidad doliente, está ligada a su experiencia de Dios. Y viceversa, su experiencia de Dios está a su vez ligada a su historia personal. Y es este carácter profundamente histórico de la experiencia de Dios en Domingo lo que hace de su espiritualidad una espiritualidad densa y fecunda.
Los pobres, las situaciones de soledad, cautiverio y esclavitud los destrozos de las sectas y el paganismo, las situaciones anti evangélicas de la propia Iglesia que busca la reforma... Son todas experiencias históricas de la vida de Domingo que configuran su perfil espiritual y evangélico.
¿Es la historia personal de Domingo la que le obliga a volver la mirada a Cristo Redentor y Salvador, para centrar de lleno en él su experiencia de Dios? ¿Es la experiencia de Dios tenida en la contemplación de la Cruz de Cristo la que le hace a Domingo volverse a todas las situaciones de sus hermanos sufrientes y mirarlas con ojos evangélicos?
Las dos cosas a la vez. El amor de Cristo y el amor a los hombres concretos crecen en él simultáneamente, porque son dos caras de un mismo mandamiento, o más bien, dos caras de una misma experiencia de Dios.
Vida Contemplativa La oración y el espíritu contemplativo de Domingo crecen y se intensifican a medida que en su vida va entrando en la refriega y el compromiso apostólico. Serán en adelante una oración y una contemplación siempre motivada por el contacto con la humanidad, pues este contacto el que refiere la mente de Domingo a la contemplación del misterio de Cristo Salvador y hace brotar desde lo más íntimo de su ser la oración de intercesión.
En Domingo, la vida contemplativa y el compromiso apostólico van íntimamente ligados.
Humilde La humildad de Domingo tiene raíces profundas: un hondo conocimiento de si mismo y una confrontación constante con el ideal de Jesucristo, manso y humilde de corazón. Domingo no es humilde a base de establecer comparaciones entre su persona y los demás hombres; es humilde al verse a si mismo frente a la imagen de Cristo Redentor.
Tomado del libro: Felicísimo Martínez: Domingo de Guzmán, Evangelio Viviente.

 


2. Identidad teológica: El despertar de los laicos
Hacer teología o predicar es poner en contacto la Palabra de Dios con las situaciones históricas de los hombres. La fidelidad a nuestra rica tradición teológica exige de nosotros una escucha atenta y un discernimiento teológico de este nuevo signo eclesial de los tiempos. No podemos olvidar que fueron precisamente nuestros hermanos teólogos del Vaticano II quienes desarrollaron la nueva teología del laicado y de la ministerialidad de la comunidad cristiana.


1. El Concilio Vaticano II desplazó la definición jurídica - institucional de la Iglesia hacia una concepción o definición específicamente teológica. El criterio clave de esta nueva definición es “el Pueblo de Dios”: la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, convocado por la fe en el Resucitado, y sellado por el bautismo de Cristo Jesús. Todos los bautizados participan con pleno derecho en esta vocación y en esta misión. Todos son Pueblo de Dios, miembros activos y responsables de la Iglesia en su misión..


2. Esta concepción eclesiológica del Concilio nos conduce a una nueva concepción de la ministerialidad y de los ministerios en la Iglesia. Todos los ministerios y carismas son dones de Dios a través de la comunidad. El sujeto de la ministerialidad es la comunidad cristiana. Todo bautizado comparte radicalmente esta dimensión de la ministerialidad. La diversificación de los ministerios es la expresión de la dimensión ministerial en la comunidad.


3. Una tercera clave de reflexión teológica nos obliga a revisar nuestra tradicional teología del ministerio. Me refiero a los criterios de valoración y jerarquización de los mismos. El carácter sacro de las acciones litúrgicas y el nexo estrecho entre ministerio sacerdotal y autoridad en la Iglesia nos ha acostumbrado a un punto de vista sagrado y litúrgico, concediendo preferencia a este ministerio. Esto debe cambiar. Recordando el consejo de San Pablo a los Corintios, es necesario recobrar los criterios comunitarios para valorar y dar preferencia al carisma y al ministerio. El carisma y el ministerio cobran mayor importancia para el cristiano en la medida en que sirven para construir la comunidad cristiana.
Vale la pena recordar las palabras del Padre Congar ( Y.Congar, Ministeres et communion ecclesiale. Paris, 1971) a este propósito:
“No se construye la Iglesia solamente con los actos de los ministros oficiales del sacerdocio, sino también con muchos otros servicios, más o menos fijos u ocasionales, más o menos espontáneos o reconocidos, algunos consagrados por ordenación sacramental. Tales servicios existen; existen aunque no se los llame por su propio nombre –ministerio- y aunque no tengan su verdadero puesto y status en la eclesiología... A la larga uno ve que el doble elemento decisivo no es “sacerdocio - laicado”. Sino “ministerio (o servicio) y comunidad” 

 


3. Identidad teológica: El reto de la evangelización
Hablando de los primeros dominicos Honorio III dijo: “Los miembros de esta Orden están totalmente consagrados a la evangelización”.
El joven Guillermo de Monferrato nos dice que “Domingo tenía más celo por la salvación de las almas que todos los demás... Muchas veces hablé con él sobre los medios de salvación para nosotros y los demás”.
Ya en el siglo XIII, Tomás de Aquino sostuvo que el carisma de la predicación, que él llamaba “carisma para pronunciar palabras de sabiduría y ciencia en la comunidad cristiana”, había sido dado tanto a los hombres como a las mujeres (II-II, q. 177, a2, 2m et 3m)
El domingo anterior a Navidad de 1511 bajo un techo de paja en la Isla La Española, Antonio de Montesinos predicó un sermón sobre el texto: Ÿo soy la voz que grita en el desierto”. Su condena de la injusticia causó una avalancha de protestas.
S.S. Pablo VI nos recordaba en 1970: “La Orden dominicana se traicionaría a sí misma si se apartara de este deber misionero”.
Dirigiéndose al Capítulo General de 1983, S. S. Juan Pablo II dijo: “Vosotros, los dominicos, tenéis la misión de predicar que Dios vive y que El es Dios de la vida y que en El reside la raíz de la dignidad y la esperanza del hombre llamado a la vida”.
El 18 de octubre del año 1987, S.S. Juan Pablo II canonizó a Lorenzo Ruiz, laico filipino y 15 compañeros. El decreto de beatificación de 1980 decía: “De una forma u otra todos pertenecían a la Orden de Predicadores”. El grupo comprendía dos catequistas, dos miembros de la rama femenina del laicado dominicano, dos hermanos laicos y nueve sacerdotes, junto con Lorenzo, que era miembro de la fraternidad del Rosario. Nueve eran japoneses, cuatro españoles, un filipino, un italiano y un francés, reflejando así el carácter internacional de los misioneros.
El Maestro General, Fray Damian Byrne o.p. en su carta “El ministerio de la predicación” de septiembre de 1989, sostiene: Para ser hijos e hijas de Santo Domingo, tenemos que insertarnos en los campos de debate, especialmente en aquellos campos en que la Iglesia encuentra dificultad para responder. Primero para escuchar y aprender, luego nos comprometemos en una reflexión teológica y en el discernimiento de nuestra respuesta, tanto con nuestros hechos y dichos, como con nuestra forma de vida. Si no estamos en medio de las necesidades de la gente, nos exponemos a desorientarnos y corremos el riesgo de ser ineficaces. Seguir a Domingo significa ser para nuestro período de Historia, de la Iglesia y sociedad lo que Domingo fue para el suyo. El es siempre nuestro punto de partida para examinarnos y renovar nuestras vidas”. 

 


4. Acuerdos previos para participar en una misión (rural o del jóven al jóven) organizada por las Comunidades Misioneras Santo Domingo

  • Querer hacer crecer la Iglesia en sus fronteras, dentro y fuera mío.
  • Sabernos necesitados de otros y querer compartir la propia pobreza.
  • Aceptar nuestras diferencias.
  • Buscar lo que me une antes que lo que nos separa.
  • Saber que puedo quedar en último lugar por otros que deban ser atendidos antes.
  • Saber que puedo hacer más que otros y eso no me da mayores derechos.
  • Sentir que es posible vivir con alegría.
  • Participar en no menos del 80% de las reuniones de preparación del grupo antes de cada misión. Es muy importante la asistencia a los encuentros de comunidades de los días viernes a las 19:00hs. y obligatoria la presencia en los tres encuentros propios de preparación para la misión para poder asistir a la misma (a desarrollarse uno por mes, en los tres meses previos a la partida).
  • Tener o aprender durante la preparación un oficio útil y alegre, participando de las reuniones que se organicen según los oficios (coordinación y animación, construir la comunidad, educar la comunidad, celebrar en comunidad).
  • Prepararme con responsabilidad antes de cada actividad de servicio o Misión.
  • Estudiar antes de ir, para poder luego recordar las responsabilidades propias de su oficio (animación, construir la comunidad, educar la comunidad, celebrar en comunidad), el horario común y los servicios comunes cuando me tocan. Con esto evito que el animador y los asesores deban dedicar tiempo a recordarme mis responsabilidades.
  • Contar con la autorización de mis padres, esposa/o, novia/o, según corresponda.
  • No ir a la misión a resolver mis propios problemas o los de mi grupo de amigos.
  • Estar dispuesto a viajar todos los kilómetros que sea necesario para dormir en la tierra y apretado, comer guisos varios y cuando ya no creo poder más, hacer con alegría y sin crear problemas en el grupo, todo lo que necesita por aquel quien nos necesita.
  • Trabajar y desplazarme siempre de a dos personas como mínimo y siempre con un varón, atender especialmente a los menores, no dar cosas ni hacer compras en el lugar de misión salvo por estricta necesidad.
  • Saber que tendré como máximo una única oportunidad de bañarme en la semana (sabemos por experiencia que si no restringimos el agua cada misionero superaría los 150 litros diarios) y otra el día de la partida, si esto fuera posible, en el Convento que nos envía o en el lugar de recreación (Huaco u Olta).
  • Saber que no se saldrá de la misión durante la duración de la misma, salvo estricta necesidad. De ser necesario sólo podrán ir el animador o un asesor y los dos novicios más jóvenes (misionero de menor edad si no hubiera novicios).
  • No entregar objetos (salvo objetos religiosos de reducido valor económico). Esta actividad queda bajo decisión de los asesores.
  • No prometer volver o comprometerse a realizar cualquier actividad una vez terminada la misión, la experiencia dice que luego es muy difícil hacer entender que han cambiado tales o cuales condiciones.
  • Siempre, decir lo que pienso y creo que debe decirse de modo constructivo y manteniendo la disposición de obedecer al animador de la misión, los asesores adultos o maestro de mi oficio.
  • Si soy misionero debo rezar cada noche por las misiones (Salve y Lumen), si todavía soy “nuevo-novicio” o no tengo la edad mínima que se disponga para participar de una misión, debo servir en mi lugar de residencia, estudiando, trabajando, compadeciendo, rezando y alegrando que es nuestro modo principal de hacer todo lo necesario por aquel que nos necesita.


 


Promover al ser humano como obra de Dios, desde la educación y el desarrollo, acompañando todas las etapas de la vida.

 

 


Enseñanza personalizada, educación en valores y bilingüismo marcan el estilo del Colegio Santo Domingo en la Sierra.

 


Comunidad educativa de alumnos, graduados y maestros que procuran el pleno desarrollo de cada uno de sus miembros.